RIOJANOS, UNA HISTORIA DE ROMANOS (SEGUNDA PARTE)

Decíamos en la entrada anterior que si pensamos por un momento en el mundo que nos rodea, podremos asegurar que Roma y su cultura forman parte diaria de nuestras vidas. Es real pensar que hay determinados sucesos históricos que sobrepasan cualquier frontera: artificial, natural e incluso temporal, Roma y todo su desarrollo son quizás la máxima expresión de una herencia que no cabe en ningún molde.

Anteriormente hablábamos que nuestro idioma es descendiente directo del latín, pero también decíamos que este es uno de los tantos legados de la cultura latina.

Les propongo ahora que profundicemos un poco sobre la ciudad y su organización.

La mayoría de las civilizaciones de la antigüedad tuvieron su núcleo en la ciudad, justamente porque esta constituía un elemento unificador.

De todas las ciudades antiguas, Roma se nos presenta como la más absorbente y determinante de la realidad política, social y cultural, no sólo del territorio que formaba parte del gran imperio que conformó, sino de todo el mundo conocido. En su época de esplendor, Roma alcanzó a tener más de un millón de habitantes, no por nada la ciudad eterna era considerada el centro del mundo.

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Maqueta de la ciudad de Roma

Las conquistas romanas permitían la “romanización” de los territorios conquistados, es decir la implantación de la cultura latina en las nuevas regiones. Una vez establecidos en estos lugares, los soldados romanos, que además estaban preparados para construir y edificar, levantaban sus campamentos.

En las nuevas ciudades surgidas a partir de la planificación de los campamentos, primaban las formas cuadradas o rectangulares, cruzadas por dos grandes “vías” perpendiculares que terminaban formando, junto a vías más pequeñas, el reticulado urbano.

Estas grandes calles o vías eran conocidas como “cardo”, que tenía una orientación norte-sur, y “decumano” con orientación este-oeste.

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Calle o via (con su cruce peatonal) de la ciudad de Pompeya, destruida por la erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C.

Ahora, cerremos los ojos y pensemos en nuestra ciudad, su distribución, sus manzanas, sus calles y avenidas, una plaza principal, los órganos de gobierno y los templos religiosos, todo acomodado mediante una planificación urbanística, que, como ya se estarán imaginando, responde a una concepción “romana”.

Al igual que lo que sucedió con el latín, este tipo de urbanización se estableció en la península ibérica y posteriormente viajó al nuevo continente.

Los españoles, a medida que avanzaban y se establecían sobre nuevos territorios de América, terminaban fundando villas y ciudades. Para ello, la Corona española, anticipándose incluso a las fundaciones venideras, dejó establecido de forma muy precisa las alternativas de fundación que el “adelantado” podía adoptar. Esta política de fundación ha sido tan prolífica que las principales ciudades de la época de la colonia siguen siendo los centros metropolitanos de los diferentes países de América.

Quizás el hecho de mayor interés que aparece en la ciudad hispanoamericana es la concepción de una “ciudad tipo” condicionada por las leyes de Indias, donde quedan plasmadas las ideas de los monarcas españoles Carlos V y su hijo Felipe II sobre urbanismo en América, bajo un modelo claramente romano.

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Vista desde la Plaza de Mayo de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires de un claro estilo neoclásico, evocación directa a la cultura grecolatina.

Este proceso comenzaba con la determinación del lugar físico, donde justamente la plaza o plaza mayor se erigiría.

La plaza constituía (y lo sigue haciendo) el símbolo de la unidad cívica. Al igual que el antiguo foro romano, la plaza mayor o central era el lugar donde se realizaban todas las actividades en las que la ciudadanía en general participaba.

Pero, ¿que es un foro y que tiene que ver con nuestra plaza principal o mayor?

Toda ciudad romana se preciaba de tener un foro donde los ciudadanos romanos se reunían a discutir las cuestiones inherentes a su condición. Alrededor del foro (y pensemos en la distribución de las manzanas que rodean nuestras plazas principales) se ubicaban los templos dedicados a los dioses y a los emperadores deificados, la Curia donde los senadores romanos se reunían y la Basílica (edificio donde se impartía justicia, pero que además tenía un uso público, sirviendo de mercado, casa para realizar transacciones o un simplemente un lugar para tratar asuntos comunes).

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Atardecer en el Foro Romano

Nuevamente, la plaza y el foro son el elemento central, jerárquicamente hablando de la urbanización latina. Alrededor de nuestras plazas principales se encuentran los edificios más importantes, además de las principales instituciones públicas (Casa de Gobierno, Palacio de Tribunales, etc.) al igual que las Catedrales o Iglesias Mayores. La plaza se convierte en un elemento articulador entre todos estos edificios, como así también, el punto de encuentro y reunión de ciudadanos. La centralidad de la plaza – al igual que el antiguo foro – permite una apropiación de este espacio público, un lugar donde las paradas para descansar, los encuentros con amigos, las protestas y manifestaciones son cosas de todos los días.

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Cenital de Plaza 25 de Mayo – La Rioja. Fotografía de Matias Ludueña

Pensemos un segundo en concebir a nuestra ciudad sin la plaza principal ¿Sería difícil, no? Lo mismo pensaría un romano de su foro.

Continuará…

RIOJANOS, UNA HISTORIA DE ROMANOS (PRIMERA PARTE)

“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”.

Se preguntarán: ¿Qué tiene que ver esta frase con el título de esta primera entrada con la que inauguro este blog? Pero más aún, ¿Por qué una historia de romanos para explicar nuestra vida como riojanos?

El estudio de la historia ofrece la magnífica posibilidad de interpretar, mejorar y profundizar nuestros conocimientos, para que así, las nuevas generaciones puedan reescribir – o reinterpretar- los procesos sucedidos en épocas pasadas y como estos nos siguen atravesando a pesar del paso del tiempo.

Volviendo a nuestras preguntas, e intentando esbozar una respuesta,  les propongo que por un momento observemos con mucha atención el mundo que nos rodea, pensemos en el origen de las instituciones que hoy nos regulan, pero quizás más simple aún, pensemos en nuestras formas de vida: nuestro lenguaje, nuestras casas, nuestras ciudades.

Una vez realizado este ejercicio, estaremos en condiciones de afirmar que quizás somos más deudores de Roma de lo que nos imaginamos.

Es que no podemos abordar nuestra concepción moderna de ciudadanos sin hacer una referencia directa a Roma.

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Foro Romano

¿Será para tanto?

Ok, veamos:

Desde el siglo VII a.C.,  y fundamentalmente durante los tres primeros siglos de la era cristiana, Roma fue una potencia conquistadora que dominó gran parte del mundo antiguo. Cuando Roma conquistaba un nuevo territorio, romanizaba, es decir, convertía a los pueblos conquistados en “romanos”, o al menos transfería determinadas prácticas que terminaban mezclándose con las existentes, provocando una nueva identidad, una identidad “más romana”.

Seguramente sabrán que nuestra lengua, el castellano, integra el grupo de las llamadas “lenguas romance” y que estas son lenguas derivadas del latín. Ahora profundicemos en esta cuestión.

Como dijimos, las lenguas derivadas del latín se conocen como romances, además de lenguas románicas o neolatinas. Bajo esta denominación,  podemos encontrar un grupo de lenguas muy distintas, en el cual tenemos lenguas actuales, como el italiano, francés o castellano,  y otras que ya no se emplean, como el dálmata.

Las lenguas romances comenzaron a formarse a partir del latín vulgar,  variedad de latín que se diferenciaba en muchos aspectos del latín recto de la literatura y el usado por las altas esferas sociales romanas. Es por esto que el léxico que entró en primer lugar fue el básico, muy limitado para la expresión de la literatura o de la ciencia, con pocos adjetivos y sustantivos abstractos.

Posteriormente, según se creaban necesidades de expresar conceptos nuevos y complicados, se iban incorporando nuevas palabras procedentes del latín, que ya no sufrían la lenta transformación de siglos que habían experimentado las primeras palabras derivadas del latín vulgar. Este flujo de entrada no se ha interrumpido; aún entran palabras constantemente procedentes del latín.

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Fragmento de los Cartularios de Valpuesta, manuscritos del siglo XII donde se observa la transición entre el latín vulgar y el romance hispánico.

Muy bien hasta ahora, pero, ¿Cómo llegamos del latín de los romanos a nuestro castellano riojanizado?

Bien, nos remontemos al siglo V d.C.  Roma está viviendo tiempos convulsionados. La misma expansión territorial de la cual estaban muy orgullosos era la misma que los estaba destruyendo. Las fronteras imperiales estaban constantemente asediadas por pueblos que querían ingresar al territorio Romano. Para defenderlas, era necesario contratar una gran cantidad de soldados para controlar esta situación, esto significaba que el estado romano debía gastar muchísimo dinero. Estas presiones (explicadas superficialmente, no es el motivo de esta entrada introducirse en la caída del Imperio Romano) junto a otros factores, llevaron a que en el año 476 d.C. la porción occidental del imperio (donde la ciudad de Roma está ubicada) cayera en manos de estos pueblos  denominados “bárbaros”.

La rica provincia romana de Hispania (actualmente España) no es ajena a esta situación y sus territorios son invadidos por un pueblo conocido como Visigodo.

Cuando los visigodos llegan a Hispania, se encuentran con una ciudad completamente romanizada.

Durante todo el tiempo de dominación visigoda, el lenguaje propio de este pueblo se fue “mezclando” con el latín que allí se hablaba.

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Coronas visigodas – Museo Arqueológico Nacional – Madrid.

En el año 711, los territorios de la España visigoda son invadidos por los musulmanes, quienes entran por el estrecho de Gibraltar y rápidamente se hacen con toda la península, salvo algunos lugares del norte donde los visigodos se refugian, y desde donde, justamente, comenzará el periodo que se conoce en la historia como “la Reconquista Cristiana”.

Desde esta fecha hasta 1492, cuando los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla (si, los reyes católicos) derrotan al último rey musulmán en territorio español, el idioma transitará por un largo y rico camino de influencias (En territorio español convivirán cristianos, judíos y musulmanes). El nuestro, el castellano, surgirá en uno de los reinos cristianos más poderosos del medioevo, Castilla.

Nueve meses después de la toma del reino nazarí de Granada por los reyes católicos, casi como un hijo, América aparecía y tomaba un papel fundamental en la vida del viejo continente.

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“La Rendición de Granada” (1882) de Francisco Pradilla y Ortiz (Palacio del Senado – Madrid). Boabdil, ultimo soberano de la dinastía Nazarí, entrega las llaves de la ciudad a los reyes Fernando e Isabel.

Colón desembarcó y con él lo hicieron las armas, las enfermedades, los deseos de conseguir fortuna, pero también los hicieron el cristianismo y el castellano.

Desde 1492 hasta 1591, momento en donde Juan Ramírez de Velazco funda la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, el castellano, que ya carga con todas sus influencias y mixturas, comenzará un nuevo proceso de hibridación cuyo resultado, con el paso del tiempo, será el español de nuestros días.

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“Fundación de La Rioja” (1952) Juan Denysenko. Mural realizado en el presbiterio de la Catedral de La Rioja.

Fantástico, nuestra lengua deriva del latín, pero ¿es suficiente como para pensar que podemos establecer  un vínculo tan estrecho con los romanos?

Tranquilos…esto continúa…