DE ROMANOS Y CRISTIANOS – PRIMERA PARTE

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido” (Eclesiastés 1:9-10)

Uno de los legados de la antigüedad que más nos sigue atravesando históricamente es el cristianismo.  Actualmente son más de dos mil millones los cristianos en el mundo entre católicos, protestantes y ortodoxos. Ha sido – y lo sigue siendo – tan importante en la vida y desarrollo de nuestras ciudades, que sus principales templos ocupan un lugar de máxima importancia en la distribución urbana.

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Catedral de la ciudad de La Rioja – Argentina

Es sabido por todos que el cristianismo jugó un papel decisivo tanto en lo político como en lo social desde hace muchísimo tiempo. Basta pensar el peso que la religión tuvo en el medioevo. Pero esto no siempre fue así, mucho tuvieron que pasar los primeros cristianos antes de que el imperio que dominaba el mundo conocido, abrazara la fe de dios.

Para referirnos a este momento, hablaremos de cristianismo primitivo, es decir aquel que se desarrolló entre el siglo I, con Jesús y los apóstoles, hasta finales del sigo IV, cuando el cristianismo finalmente se convierte en la religión oficial del imperio romano.

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Mosaico de Jesús siendo bautizado por Juan en el rió Jordán – Baptisterio Arriano de Rávena (siglo V)

La religión romana nunca fue estática, en todo su devenir sufrió diversas transformaciones, muchas de estas a partir del contacto y la conquista de otros pueblos. El panteón de dioses romanos no dista mucho del griego, el equivalente del poderoso Zeus griego, es el Júpiter romano.

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“Júpiter y Tetis”  de Jean Auguste Dominique Ingres (1811)

De todas formas, el cristianismo venía a plantear una nueva forma de relacionarse con la religión, con conceptos y experiencias que las religiones politeístas, como las greco-romanas, no poseían.

La idea del perdón de los pecados y el amor al prójimo, pero especialmente la posibilidad de tener en el más allá, una vida eterna sin el sufrimiento que la vida terrenal ofrecía. Sabiendo que el primer publico que se acercó al cristianismo no estuvo integrado por las altas élites, la idea de una vida eterna en el paraíso era definitivamente lo más parecido a un ascenso social que se les podía ofrecer.

Jesús nació en una provincia romana, por ende sometida al poder del emperador. Durante su vida, su martirio y su muerte, para los romanos, Jesús y sus seguidores no eran más que una secta judía. Será a partir de la segunda mitad del siglo I, hasta fines del IV, que el imperio pondrá toda su maquinaria para perseguir a los cristianos.

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Imagen de Jesús como buen pastor.  Representación del siglo III donde se puede ver a un Jesús distinto al de nuestros días, ataviado con ropa típica romana.

 ¿Por qué este gran cambio entre no distinguirlos de los judíos, a perseguiros sin piedad?

Principalmente porque para los cristianos Jesús era el señor, el rey de reyes, un titulo que los romanos interpretaban como una afrenta a la autoridad del Cesar.

Pese a las persecuciones, el cristianismo y sus enseñanzas no pararon de crecer y expandirse por los territorios imperiales. En la capital, los cristianos conversos eran cada vez más, incluyendo a ciudadanos romanos de una buena posición social.

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Las antorchas de Nerón de Henryk Siemiradzki  (1882). En el cuadro se observa el martirio de los cristianos, culpados por el emperador Nerón de haber incendiado Roma.

Ahora, se preguntarán: ¿si el cristianismo era perseguido por el imperio, como se reconocían entre los cristianos?

Esta es una de las facetas más apasionantes del cristianismo, me refiero a su simbología, tan antigua pero tan presente en nuestros días.

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Mausoleo de Castro Barros en la Catedral de La Rioja, donde se observa el anagrama de Cristo o Crismón con las letras Α (alfa) y Ω (omega) indicando el principio y fin.

Volviendo a la pregunta, en los primeros tiempos los cristianos desarrollaron una serie de símbolos que sirvieron para identificarse y que posteriormente abundarían en los lugares de culto. Quizás el más conocido es el símbolo del pez, llamado Ichtus o Ichthys  (en griego ΙΧΘΥΣ).

Este símbolo consiste en dos arcos que se cruzan formando la silueta de un pez. El Ichtus o Ichthys es lo que se conoce como un acrónimo, es decir una sigla que se pronuncia como una palabra, ¡y vaya que Ichtus dice mucho! La descomposición de esta palabra sería: Iesous, Christous, Theous, Hyous, Soter; que en castellano sería: Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador.

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Símbolo del pez o Ichtus o Ichthys

¿Pero como se reconocían?

Este símbolo podría haber funcionado de la siguiente forma: una de las personas realizaba en la arena varias líneas rectas y curvas (de las cuales una era la que formaba el Ichtus), si la otra persona realizaba más líneas y con una de ellas completaba la figura del pez, ambos sabían que eran cristianos.

Toda la vida de los cristianos se desarrollaba en la clandestinidad, sus encuentros y liturgias debían realizarse en secreto. Sus casas guardaban sus altares destinados al culto, pero cuando el número de cristianos creció de manera exponencial debieron reunirse en otros lugares, ahora más secretos y seguros.

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Grafito de Alexámenos. Grafiti del siglo I  o II con una representación de un hombre adorando a otro con una cabeza de asno, mostrando una clara intención de ridiculizar a los cristianos. La inscripción reza: Alexámenos adora a su Dios.

Al igual que a sus reuniones, los cristianos debían ocultar a sus muertos, esto era así porque creían fervientemente en la idea de la resurrección de la carne, en contra de la incineración del los cuerpos, algo que entendían como una costumbre pagana.

En  enormes complejos subterráneos llamados catacumbas, los cristianos enterrarán a sus familiares y esporádicamente realizarán sus liturgias.

Como dijimos antes, muchos de los cristianos para este momento son ciudadanos de una alta posición social, esto es claramente visible en diversas tumbas que encontramos en las catacumbas, donde observamos un exquisito trabajo pictórico con una gran carga simbólica cristiana.

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Catacumbas en la ciudad de Roma

Pero volvamos ahora al imperio. Para el siglo III y IV el cristianismo no ha parado de crecer, como así también las incursiones de los pueblos bárbaros en territorio imperial. El imperio había crecido tanto, que fue necesario realizar una división administrativa del territorio. La porción occidental (donde se encontraba Roma) y la oriental donde una ciudad llamada Bizancio tomaría una importancia cada vez más superlativa.

El encargado de esta enorme reforma – que cambiaría para siempre el destino del imperio – fue Diocleciano, quien dividió el gobierno en una tetrarquía, es decir el gobierno de cuatro. En este nuevo sistema, dos emperadores (uno en occidente y otro en oriente) gobernarían ayudados a su vez por dos co-emperadores.

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Representación de los Tetrarcas realizada en el siglo III y robada del palacio imperial de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada (1202 – 1204) por los venecianos y ubicada (hasta su actualidad) en una de las esquinas de la Catedral de San Marcos.

A la muerte de Diocleciano, este sistema perdió su vigencia, lo que ocasionó un nuevo periodo de guerras por el control del poder que terminó con la victoria de Constantino, llamado “el grande”. De la mano de Constantino, el cristianismo haría su entrada triunfal a Roma y a la historia de la humanidad.

Continuará.

 

DEL MEDIOEVO A LA ACTUALIDAD: LA UNIVERSIDAD (SEGUNDA PARTE)

“Lo que natura non da, Salamanca non presta”

Decíamos en la entrada anterior, que la primera universidad de habla hispana en el mundo es la Doctísima Universidad de Salamanca. Fundada como Studium Generale en el año 1218 por el entonces rey de León, Alfonso IX.

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Fachada de la Universidad de Salamanca, España.

 Treinta y cinco años después, mediante una disposición del rey castellano Alfonso X, que era tan culto que se lo apodaba “el sabio”, el Studium salmantino pasa a ser conocido finalmente como  Universidad.

De la fundación de la Universidad hasta nuestros días nos separan exactamente 799 años. Seguramente pensarán que muy poco queda en nuestras universidades de costumbres medievales, que tanto estudiantes como docentes tenían.

Déjenme decirles que muchas de nuestras costumbres universitarias no están tan lejos de aquellas antiguas prácticas salmantinas.

Obviamente los miembros de la comunidad universitaria de aquellas primeras épocas no gozaban de las comodidades que actualmente tenemos, pero si hay algo que nos une definitivamente a aquellos alumnos que transitaron esos antiguos claustros, era el saber que los exámenes eran algo inminente y que había que estudiar y repasar muy bien antes de someterse a uno.

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Pasillos entre módulos de la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina

Quiero en esta entrada acercar al lector a un espacio de la Catedral Vieja de Salamanca, donde la universidad funcionaba mucho tiempo antes de tener su propio edificio. En este espacio al que me referiré, surgieron muchas continuidades entre aquella universidad y la mayoría de las nuestras.

Toda persona que se precie de estudiar, o haber estudiado, en una universidad sabe que el clímax, el momento de la verdad, ese donde finalmente debemos enfrentarnos al docente y exponer nuestro conocimiento sobre la materia, es el examen final.

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Profesor frente a sus alumnos, Universidad Nacional de La Rioja, Argentina.

Pensemos en el momento previo a rendir, hemos tenido algún tiempo para estudiar a conciencia todos los puntos que el programa de la materia nos indica. A pocos días del examen preparamos los temas en los cuales nos sentimos más cómodos esperando que el profesor nos permita comenzar por allí. Finalmente, el día de la evaluación nos presentamos ante los miembros de la cátedra, nos hacen pasar y luego de procedimientos de rigor, nos indican los temas a exponer, o nos invitan a que saquemos del bolillero las bolillas que deberemos preparar.

Inmediatamente, nos piden retirarnos a un lugar apartado, muchas veces en la parte posterior del aula, para acomodar el o los temas que expondremos. Este es el momento donde como alumnos estamos “en capilla”.

Seguramente ahora se estarán preguntando ¿Por qué le diremos capilla?

Volvamos a Salamanca para averiguarlo.

La Catedral Vieja de Salamanca comenzó a construirse en el siglo XI. En esta iglesia, sus capillas y su claustro, comenzó a funcionar la Universidad.

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Interior de la Catedral de Salamanca, España.

Entre sus muchos e impactantes espacios, adornados con pinturas murales que nos llevan a un viaje al corazón del medioevo español, destaca un espacio íntimamente relacionado con la vida universitaria, la Capilla de Santa Bárbara.

Esta capilla fue fundada por el obispo Juan Lucero en el año 1334.

El obispo Lucero, conocido por intervenir en causas reales, como así también por su reconocida inteligencia, fue uno de los mecenas de la naciente universidad.

Muerto Lucero, su cuerpo fue enterrado en la parte central de la capilla. Su sepulcro nos muestra una reproducción de su cuerpo, vestido con su traje de obispo y su báculo pastoral.

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Interior de la capilla de Santa Bárbara, Catedral Vieja de Salamanca.

¿Qué tiene que ver esta capilla y Lucero con la vida universitaria? se preguntarán. La respuesta es muy simple, será en esta capilla donde se dictarán muchas de las clases universitarias, donde también se tomarán los exámenes finales para conseguir el grado de licenciado o el ansiado grado de Doctor y, finalmente, donde el alumno preparará su examen antes de someterse a las preguntas de los profesores. En esta capilla, el alumno hacía su “capilla”.

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Tumba del Obispo Juan Lucero en la Capilla de Santa Bárbara.

Dejemos volar nuestra imaginación y nos transportemos a ese momento, seamos por un corto tiempo, alumnos de la universidad salmantina durante el siglo XV.

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Murales con pinturas medievales, Catedral Vieja de Salamanca.

Una vez aprobadas las materias obligatorias, estamos ya en condiciones de rendir el examen final para obtener nuestro tan esperado grado.

Acompañados por nuestro padrino, nos dirigimos a la mansión del Maestrescuela, quien tiene la responsabilidad de conferir los grados universitarios, para solicitarle un turno de examen.

De igual forma, nos apersonamos ante el Deán, para pedirle “la campanada”, que el día del examen anuncia la misa de Espíritu Santo que se celebrará en el altar de la capilla.

Los días anteriores al examen, el bedel publicará en la primera clase de la mañana nuestra intención de rendir.

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Puerta del Patio Chico, Catedral de Salamanca.

Entre las cinco y seis de la mañana del día previo al examen, oída la misa de Espíritu Santo, los profesores que nos examinarán juran que no existe relación alguna entre nosotros y ellos que influya en la determinación de los temas. Posteriormente, de nuestro libro, marcan con un estilete los capítulos en los cuales seremos examinados, si estudiamos Teología: el Libro de las Sentencias o la Suma Teológica, si estudiáramos Derecho: el Digesto del Corpus Iuris Civilis o las Leyes para el Derecho Civil.

Marcado el libro en tres partes, debemos elegir el tema con el que empezaremos, de igual forma, el profesor nos designa otro. A partir de ahí, disponemos de 24 horas para prepararlos.

Inmediatamente nos dirigimos a la capilla de Santa Bárbara donde permaneceremos encerrados bajo llave por casi 24 horas repasando nuestra presentación.

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Puerta de Ingreso a la Capilla de Santa Bárbara, Catedral Vieja de Salamanca.

La capilla permanece silenciosa, iluminada por la luz de las velas. De espaldas al altar, mirando de frente al sarcófago del obispo Lucero, nos ubicamos en la única silla que hay.

Antes de comenzar, elevamos una plegaria a Dios, para que interceda con su divina gracia y tengamos la seguridad y el conocimiento ante nuestro profesor. Pese al dialogo con Dios para pedirle ayuda, nuestros pies, nerviosos ante la inminencia del examen, se acomodan tocando con las plantas los pies del Obispo Lucero (esta costumbre ancestral ha hecho que los pies de la estatua del obispo estén gastados en extremo) con la esperanza de que toda su sapiencia  sea transferida, por el contacto, a nosotros.

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Momento en donde el alumno sentado, apoya sus pies en los del Obispo Lucero.

La noche cae, nosotros seguimos “en capilla” acompañados únicamente de nuestros libros y el acogedor ambiente que la Capilla de Santa Bárbara, con sus pinturas, altares y sepulturas de personajes notables nos ofrece.

Son las 6 de la mañana, pese al sueño y a los nervios, nuestros pies nunca se despegaron de los del obispo.

Las puertas se abren y tres profesores entran y se ubican con la intención de comenzar la evaluación.

Luego de varias horas, los docentes nos indican que hemos superado satisfactoriamente el examen. Exultantes agradecemos a Dios y al Obispo Juan Lucero por la divina ayuda.

Finalmente, los profesores nos abren la puerta de la capilla y nos invitan a atravesar toda la catedral para salir por la puerta principal (de ahí lo de “salir por la puerta grande”) donde nuestra familia y amigos nos están esperando para felicitarnos y acompañarnos a pintar en algún espacio vacío de la fachada de la catedral, con roja sangre del toro que comeremos  en nuestro banquete de celebración, el anagrama VITOR (victorioso), acompañado de nuestro nombre, para que las generaciones futuras sepan que somos  Doctores de la Universidad de Salamanca.

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Antiguos Vítores pintados en las paredes de Salamanca.

Las universidades medievales, sus costumbres y tradiciones, son parte de las nuestras.

Pero, ¿Cómo llegamos a tener y en qué momento se conforman las universidades en América?

En unas semanas más nos reencontraremos para seguir indagando sobre la universidad, continuidad de la cultura latina.

 

DEL MEDIOEVO A LA ACTUALIDAD: LA UNIVERSIDAD (PRIMERA PARTE)

Si alguien nos preguntara sobre la Edad Media, ¿Qué es lo que pensaríamos? Seguramente, en enormes extensiones de bosques con grandes castillos de piedra, reyes y caballeros embarcándose en alguna campaña militar. También, en un mundo oscuro, atrasado, donde la ciencia no existía y todo era regido por la iglesia.

Antes de comenzar tenemos que saber que esta idea, bastante desacertada, es la que nos han enseñado desde siempre y que tiene que ver con toda una corriente de pensamiento  que ubicó a este periodo de tiempo entre  la antigüedad clásica, donde grandes filósofos sentaron las bases del pensamiento, y la modernidad, momento en el que el pensamiento científico vuelve a ubicarse en un lugar importante. Es decir que la Edad Media es justamente eso, lo que está a la mitad entre una cosa y otra.

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Imagen de una ciudad medieval. Los obreros trabajan para terminar una iglesia de estilo gótico.

Si uno está convencido que esto es así, difícilmente podrá entender que este periodo es uno de los más fascinantes de la historia, no solo por los cambios que se produjeron en el mundo, sino también porque muchas de las instituciones actuales nacieron allí, en el medioevo.

Quizás una de las creaciones medievales que más nos atraviesa en nuestra sociedad actual sea la Universidad.

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Rectorado de la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina.

Las universidades surgen como expresión de todo un renacimiento intelectual entre los siglos XI y XIII. En un primer momento, girando en torno a estudios teológicos y filosóficos.

Toman como modelo a las escuelas catedralicias, es decir, la enseñanza que la iglesia otorgaba a los miembros del clero.

Los “Estudios Generales” o Studia Generalia en latín, eran centros de enseñanza superior. El nombre de “generales” no se refería a que se enseñaran todas las disciplinas, sino más bien, que recibía estudiantes de todas partes de Europa.

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Miniatura medieval donde se observa a un profesor y sus alumnos.

Cuando los profesores y estudiantes se organizan en asociaciones profesionales con el fin de defender sus intereses frente a las autoridades de las ciudades, nacen propiamente las universidades y se deja de usar el término Studium Generale. Esta acción se realizó siguiendo el ejemplo de los múltiples oficios de la época, mediante el modelo de la “universitas”. Es que justamente la universitas significaba “la totalidad” de los integrantes de un grupo, frente a todo el sector externo, la gente que no pertenecía.

La necesidad de diferenciarse era para poder organizarse y gobernarse mediante autoridades propias. Para que su independencia, con respecto a los poderes seculares y eclesiásticos, sea efectivo. Esto obviamente se lograba mediante bulas papales o privilegios entregados por los reyes.

¿Quiénes eran los encargados de gobernar y organizar? Los rectores y los decanos, títulos conocidos ¿no?

Al igual que hoy, la universidad estaba dividida en facultades. Entre estas, podíamos encontrar, por ejemplo, a la Facultad de Artes. En “Artes” se enseñaba el “trívium” o las tres artes liberales, estas eran: la gramática, donde se impartían clases de latín; retórica y dialéctica. Por otro lado, el “cuadrivium”  compuesto por la aritmética, astronomía, teoría musical y geometría.

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Clase universitaria durante el medioevo. Los alumnos prestando atención al profesor que dicta desde “la Cátedra”

Cursando estos estudios se obtenían dos grados académicos: por un lado el de Bachiller y posteriormente el de Magister. Terminados estos, se podía acceder a las otras facultades donde se otorgaba el codiciado grado de Doctor.

Se suele aceptar que la universidad más antigua del mundo es la de Bolonia, cuya fundación se sitúa en el año 1088. Los estudios de Derecho que allí se impartían fueron los más reputados de toda Europa por mucho tiempo.

Por los pasillos de esta institución, que en menos de cien años cumplirá mil años de vida, desfilaron alumnos de la talla de Petrarca, Dante Alighieri y Erasmo de Rotterdam.

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Ciudad de Bolonia, Italia.

Las inglesas Oxford y Cambridge secundan a Bolonia como las más antiguas. Tan antiguas como la rivalidad que las acompaña hasta la actualidad.

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Universidad de Oxford, Inglaterra.

El Studium Generale de Salamanca fue fundado en el año 1218 por el rey de León, Alfonso IX.

En el año 1253, por un edicto del rey Alfonso X (el sabio) el estudio general de Salamanca pasa oficialmente a llamarse “Universidad” siendo la primera en poseer este nombre.

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Universidad de Salamanca, España.

La Universidad de Salamanca es la más antigua de habla hispana y en un año cumplirá ochocientos años ininterrumpidos de enseñanza académica.

En esta universidad se formarán no sólo europeos sino también, americanos que tendrán papeles fundamentales en las futuras independencias del nuevo continente.

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Aula medieval de la Universidad de Salamanca.

Será siguiendo el modelo de los estudios salmantinos que se fundarán las primeras universidades en América.

Pero esto ya es tema para la próxima entrada…

 

LA CELEBRACIÓN DEL TRIUNFO, DE ROMA A LA RIOJA.

Roma fue una potencia conquistadora de la antigüedad.

Como dijimos en las entradas anteriores, esta conquista no se resumía al saqueo, deposición de autoridades y otras acciones que vejaran a la población conquistada. Por el contrario, Roma mantuvo las estructuras de gobierno propias y además terminó trasladando su cultura. En otras palabras, Roma “romanizaba”.

De todas formas, una conquista es una conquista, un triunfo es un triunfo, y como todo momento triunfal en la historia, debía celebrárselo.

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Representación de lo que habría sido una entrada triunfal del emperador y sus legiones a Roma.

En la antigüedad las acciones bélicas fueron un instrumento fundamental de la política. Reyes y emperadores hicieron uso de ellas para legitimar su posición como gobernantes. Con Roma, podemos asegurar que las acciones militares y todas las actividades relacionadas a la guerra, alcanzaron un nivel superlativo.

Era tan importante la guerra, que cualquier político romano que se preciara de serlo, debía participar de manera directa en las diversas campañas militares que Roma emprendía. En el caso de que Roma venciera (algo que pasaba bastante seguido) el cuerpo de senadores romanos proclamaban el triunfo del general vencedor.

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Arco de Augusto en la ciudad de Rimini – Italia. Construido por el senado romano en honor al Emperador Augusto en el año 27 a.C.

Es así que desde tiempos inmemoriales, Roma comienza a festejar sus victorias mediante la construcción de Arcos del Triunfo. Bajo estos arcos, las legiones romanas desfilaban en grandes recibimientos donde toda la ciudadanía se agolpaba para vitorear a los soldados, admirar los tesoros y sorprenderse por los prisioneros de guerra.

Las primeras noticias que tenemos de estos arcos nos cuentan que eran estructuras efímeras, construidas en madera pintada pero cuyo fin era solamente la realización del desfile de la victoria, es decir que no existía todavía una idea de perpetuidad del monumento.

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Arco de Tito, en el Foro Magno.

Posteriormente, cuando las victorias romanas son tantas, su territorio es tan extenso y el gobierno es ejercido por un “príncipe”  – el emperador- es que comenzamos a hablar del Imperio Romano. Es en este momento donde los emperadores, como cabeza del estado romano, comienzan a celebrar sus victorias sobre los pueblos conquistados a través de la construcción de arcos triunfales de materiales duraderos. En la estructura de los arcos rebosan los frisos de las campañas exitosas del emperador y su ejército.

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Frisos del Arco de Constantino

Fueron tantos los arcos construidos por toda la extensión imperial como las victorias militares conseguidas por Roma durante su historia. Actualmente podemos encontrar diversos arcos del triunfo romanos esparcidos por lo que fue el imperio.

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Arco triunfal de Palmira, construido durante el siglo II d.C.  Dinamitado en 2015 por el Estado Islámico (ISIS)

Obviamente en Italia estará no sólo la mayor concentración, sino que quizás los más bellos, todos erigidos en conmemoración a las victorias de los emperadores de turno.

En la capital imperial, podemos encontrar a menos de 300 metros a la redonda, tres grandes arcos del triunfo: El de Tito (81 d.C.) donde en sus frisos se conmemora su victoria sobre los judíos, el de Septimio Severo (203 d.C.) por su triunfo ante los partos, y el del emperador Constantino (315 d.C.) recordando la victoria sobre Majencio.

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Arco de Septimio Severo – Foro Magno – Roma.

Esta idea de la celebración de la victoria mediante la construcción de arcos triunfales, caló hondo en la cultura latina posterior.

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Arco de Constantino, Roma.

La construcción de arcos triunfales vuelve a ser tomada durante el renacimiento no sólo para celebrar victorias militares, sino como elemento de propaganda. Mediante estas enormes construcciones, los reyes buscaban mostrar la magnificencia de sus reinados y sus políticas.

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Xilografía realizada por Durero en el año 1505, a pedido del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Maximiliano I de Habsburgo. El proyecto nunca se concretó.

Durante el reinado de Carlos I de España y V de Alemania, España se convierte en un verdadero imperio.

Carlos era nieto por parte materna de los reyes más poderosos de la Europa mediterránea: Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, los reyes católicos. Por parte paterna era hijo del Archiduque de Austria, “Felipe el hermoso”, y nieto del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico: Maximiliano I de Habsburgo.

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Carlos I de España y V de Alemania.

 

Carlos, nuevo emperador y Rey, gobernará sus vastos territorios (europeos, americanos y asiáticos) donde buscará mostrar su poder y la fastuosidad de su imperio. ¿Cómo lo hará? Entre otras cosas, mediante la construcción de arcos triunfales puestos como ingresos a sus ciudades imperiales.

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Puerta de las Granadas, construida por Carlos V y sirve como uno de los ingresos a la Alhambra de Granada.

Ya durante la modernidad, los arcos triunfales serán las puertas de ingreso a las grandes ciudades españolas, sin perder, obviamente, el factor propagandístico del poder real de la nueva dinastía gobernante: los Borbones.

El más importante – o al menos el más conocido – de España será “La Puerta de Alcalá” construido por el Rey Carlos III. Este arco-puerta daba ingreso a Madrid a los viajeros que venían desde Francia, Aragón y Cataluña.

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Puerta de Alcalá, constuida por Carlos III de Borbón. Madrid.

Será por inspiración de este arco que se construirán los posteriores, como por ejemplo la Puerta de Brandeburgo en Alemania y quizás el arco más famoso del mundo: el Arco de la Estrella de París o como todos lo conocemos: “El Arco del Triunfo” a secas.

Este arco fue mandado a construir por Napoleón Bonaparte  en 1805 para conmemorar la batalla de Austerlitz. Tan profunda era la influencia latina que Napoleón prometió a sus soldados: “Volveréis a casa bajo arcos triunfales”.

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Arco del Triunfo de París.

Volvamos a nuestra América, a nuestro país, volvamos a nuestra provincia.

Como constantemente he insistido en las entradas anteriores, los riojanos no somos ajenos a la influencia de la cultura latina. Esto obviamente no significa en lo más mínimo negar cualquier otro tipo de influencia, pero es la idea de este blog buscar los elementos identitarios que nos relacionan con nuestras raíces latinas.

En la ciudad de La Rioja existen dos arcos- a modo de puertas españolas- que marcan los ingresos a la ciudad.

Quizás el más representativo de toda esta impronta latina, es “La Puerta de San Nicolás”. Este arco, al igual que la Puerta de Alcalá de Madrid, posee cinco vanos (o entradas) los tres principales poseen lo que se conoce como arco de medio punto (al igual que los arcos romanos) que le dan a los espacios de ingreso esa forma redondeada. Los dos laterales poseen una forma adintelada. En la parte superior del arco, una imagen de San Nicolás, patrono de la ciudad, casi como mostrando el triunfo de la fe católica.

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Puerta de San Nicolás – Ciudad de La Rioja, Argentina.

Desde los arcos triunfales romanos, hasta los medievales y modernos, el famoso Arco del Triunfo parisino, hasta nuestro Arco de San Nicolás, la influencia y la historia de la cultura latina vive en nosotros.

RIOJANOS, UNA HISTORIA DE ROMANOS (TERCERA PARTE)

“El derecho es historia, todo ordenamiento jurídico de un pueblo tiene un origen histórico”.

Con esta frase, Friedrich Von Savigny, uno de los estudiosos del derecho más importantes que el siglo XIX ha dado, describía la importancia del derecho en la conformación de las identidades sociales a través de la historia.

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Funcion Judicial, sede del Tribunal Superior de Justicia de la provincia de La Rioja – Argentina.

La realidad es que el hombre siempre se ha dado un sistema de normas que aseguren un “orden” social. Es bien conocido por todos nosotros el famoso “ojo por ojo, diente por diente”, esta frase corresponde a uno de los pasajes del código del rey de Babilonia, Hammurabi, que gobernó en la Mesopotamia durante el siglo XVIII a.C.

 La importancia de este código radica en que es uno de los más antiguos sistemas normativos compilados.

Pero antes de que la “codificación” exista, el ser humano regulaba sus relaciones mediante otras herramientas “jurídicas”, como la costumbre por ejemplo.

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Estela donde se encuentra tallado el Código de Hammurabi. En la Parte Superior, el Rey Hammurabi recibe las leyes de las manos del dios Shamash. Museo del Louvre, París.

Volvamos ahora a las normas escritas. Decíamos que el código de Hammurabi es una de las codificaciones más antiguas, es decir que durante la antigüedad se fueron desarrollando sistemas jurídicos adaptados a las diversas realidades sociales.

En este sentido uno de los mayores aportes que tendrá Roma, no sólo para su época, sino como una de las grandes continuidades de esta cultura latina hasta nuestros días, será el derecho romano.

Es una realidad afirmar que el actual sistema jurídico (el derecho argentino en nuestro caso) tiene como antecedente al derecho romano. El origen del derecho nacional lo debemos buscar en las normas creadas por los romanos, obviamente sin negar las influencias posteriores.

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Procesión de la familia imperial acompañados de funcionarios y jurisconsultos. Frisos del Ara Pacis – Roma.

Pero, ¿Cómo llegamos desde el derecho romano hasta nuestro derecho?

Habíamos hablado sobre este concepto de romanización, es decir, el trasplante de la cultura latina hacia los territorios conquistados por Roma. Como dijimos también, esta influencia latina se estableció en la península ibérica y a toda la gente que allí vivía.

La romanización llegó a ser tan profunda  que Hispania (la actual España) fue un foco de creación de cultura latina. En territorio español nacieron grandes emperadores (Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio) como así también filósofos y escritores como Séneca y Marcial.

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Mausoleo del emperador Adriano, actualmente Castel Sant´Angelo, a orillas del río Tíber, Roma.

Hasta el año 212 d.C., cuando por un decreto imperial del emperador Caracalla todos los habitantes del imperio pasaban a ser ciudadanos romanos, convivían en los territorios imperiales diferentes derechos de acuerdo a la categoría de las personas: el derecho propiamente romano (solamente usado por los que revestían la condición de ciudadanos), los derechos indígenas (ciertas normas de los pueblos conquistados, que regulaban las relaciones entre ellos) y el derecho de gentes (una especie de derecho internacional que regulaba las relaciones de los romanos con los que no lo eran).

Con la caída de la porción occidental del imperio y la ocupación de los (mal llamados) pueblos bárbaros, a diferencia de otras regiones, el derecho romano sobrevivió mediante la continuidad que los visigodos (el nuevo pueblo que se estableció en España) le dieron al mezclar sus costumbres y normas con las propiamente romanas.

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Lex Romana Visigothorum o Breviario de Alarico. Codificación legal realizada durante el reinado del visigodo Alarico II.

Mientras los visigodos en España se establecían y legislaban, en la capital de la porción oriental sobreviviente del imperio romano, la rica y poderosa Constantinopla, uno de los más grandes emperadores de la historia de Roma creaba el cuerpo de derecho codificado más avanzado de la época, el emperador se llamaba Justiniano y su creación el Corpus Iuris Civilis. Estamos ante el primer Código Civil de la historia.

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Corte del Emperador Justiniano (centro) entre los cuales se encuentra  el jurisconsulto Triboniano, compilador del Corpus Iuris Civilis. Mosaico de la iglesia de San Vital, Rávena – Italia.

Con la llegada de los musulmanes a la península ibérica, la derrota de los visigodos y la conformación de los reinos cristianos – que lucharán para “reconquistar” en nombre de Dios los territorios hispanos – el derecho visigodo (conformado a partir del derecho romano) fue fuente directa para la creación del derecho del reino más poderoso de la época, el castellano.

Durante toda la edad media, la creciente y poderosa iglesia católica marcará una fuerte impronta en la forma de legislar. Su derecho, el canónico, permitirá la pervivencia del derecho romano, su método y muchas de sus reglas, e influirá en las legislaciones creadas por los reyes cristianos.

Es en esta época donde surge otro de los grandes aportes de la cultura latina – que será tema de otra entrada – la universidad.

Es en estos ámbitos académicos donde crecerá notablemente  la creación de textos jurídicos (influidos por las normas romanas). Los alumnos que allí estudiaban podían recibir clases de derecho romano y derecho canónico.

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Imagen medieval de Alfonso X “El Sabio”, rey castellano  del siglo XIII.  Autor de las siete partidas, cuerpo jurídico que buscó la uniformidad de las leyes del reino. Su importancia fue tal que tuvo vigencia hasta el siglo XIX.

Finalizando el año 1492, España se encontraba reunificada bajo el dominio de los reyes católicos. El navegante genovés, Cristóbal Colón, financiado por la corona castellana,  emprende un largo viaje que terminaría cambiando la historia del mundo.

Al igual que el idioma y la urbanización, el derecho castellano, que ya carga con cientos de años de influencia latina, será la fuente directa de la cual se nutrirá un nuevo derecho surgido para regular las relaciones sociales de las nuevas colonias: el derecho indiano.

Los criollos que estudiaban en las universidades europeas o en las recientemente creadas en territorio americano, como las de Chuquisaca en Bolivia o la de Córdoba en Argentina, seguían el mismo tipo de enseñanza, de base profundamente romanista.

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Placa conmemorativa en uno de los claustros de la Universidad de Salamanca, España, donde el General Manuel Belgrano cursó sus estudios.

Durante el siglo XIX, el derecho romano (en su estado puro) vuelve a ser profundamente valorado en Europa. Los juristas franceses, a la orden del nuevo emperador, Napoleón Bonaparte, crearán el nuevo sistema normativo: el Código Civil Francés, antecedente directo de nuestro Código Civil.

Dalmacio Vélez Sarsfield, creador del Código Civil Argentino, fue un consumado romanista. De hecho nuestro Código respira romanismo, no nos debe extrañar encontrar referencias directas al corpus iuris civilis entre sus notas.

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Monumento a Dalmacio Vélez Sársfield en su provincia natal, Cordoba.

Desde la antigua Roma, hasta nuestros días, el derecho romano atravesó un largo proceso de influencias hasta llegar a ser fuente de nuestro derecho nacional y provincial. Es evidente que no lo encontraremos tal cual lo redactaban y pensaban los juristas romanos, sino que  descansa en el espíritu de nuestras normas, condicionadas obviamente por las circunstancias actuales.

La cultura latina vive entre nosotros.

 

RIOJANOS, UNA HISTORIA DE ROMANOS (SEGUNDA PARTE)

Decíamos en la entrada anterior que si pensamos por un momento en el mundo que nos rodea, podremos asegurar que Roma y su cultura forman parte diaria de nuestras vidas. Es real pensar que hay determinados sucesos históricos que sobrepasan cualquier frontera: artificial, natural e incluso temporal, Roma y todo su desarrollo son quizás la máxima expresión de una herencia que no cabe en ningún molde.

Anteriormente hablábamos que nuestro idioma es descendiente directo del latín, pero también decíamos que este es uno de los tantos legados de la cultura latina.

Les propongo ahora que profundicemos un poco sobre la ciudad y su organización.

La mayoría de las civilizaciones de la antigüedad tuvieron su núcleo en la ciudad, justamente porque esta constituía un elemento unificador.

De todas las ciudades antiguas, Roma se nos presenta como la más absorbente y determinante de la realidad política, social y cultural, no sólo del territorio que formaba parte del gran imperio que conformó, sino de todo el mundo conocido. En su época de esplendor, Roma alcanzó a tener más de un millón de habitantes, no por nada la ciudad eterna era considerada el centro del mundo.

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Maqueta de la ciudad de Roma

Las conquistas romanas permitían la “romanización” de los territorios conquistados, es decir la implantación de la cultura latina en las nuevas regiones. Una vez establecidos en estos lugares, los soldados romanos, que además estaban preparados para construir y edificar, levantaban sus campamentos.

En las nuevas ciudades surgidas a partir de la planificación de los campamentos, primaban las formas cuadradas o rectangulares, cruzadas por dos grandes “vías” perpendiculares que terminaban formando, junto a vías más pequeñas, el reticulado urbano.

Estas grandes calles o vías eran conocidas como “cardo”, que tenía una orientación norte-sur, y “decumano” con orientación este-oeste.

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Calle o via (con su cruce peatonal) de la ciudad de Pompeya, destruida por la erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C.

Ahora, cerremos los ojos y pensemos en nuestra ciudad, su distribución, sus manzanas, sus calles y avenidas, una plaza principal, los órganos de gobierno y los templos religiosos, todo acomodado mediante una planificación urbanística, que, como ya se estarán imaginando, responde a una concepción “romana”.

Al igual que lo que sucedió con el latín, este tipo de urbanización se estableció en la península ibérica y posteriormente viajó al nuevo continente.

Los españoles, a medida que avanzaban y se establecían sobre nuevos territorios de América, terminaban fundando villas y ciudades. Para ello, la Corona española, anticipándose incluso a las fundaciones venideras, dejó establecido de forma muy precisa las alternativas de fundación que el “adelantado” podía adoptar. Esta política de fundación ha sido tan prolífica que las principales ciudades de la época de la colonia siguen siendo los centros metropolitanos de los diferentes países de América.

Quizás el hecho de mayor interés que aparece en la ciudad hispanoamericana es la concepción de una “ciudad tipo” condicionada por las leyes de Indias, donde quedan plasmadas las ideas de los monarcas españoles Carlos V y su hijo Felipe II sobre urbanismo en América, bajo un modelo claramente romano.

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Vista desde la Plaza de Mayo de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires de un claro estilo neoclásico, evocación directa a la cultura grecolatina.

Este proceso comenzaba con la determinación del lugar físico, donde justamente la plaza o plaza mayor se erigiría.

La plaza constituía (y lo sigue haciendo) el símbolo de la unidad cívica. Al igual que el antiguo foro romano, la plaza mayor o central era el lugar donde se realizaban todas las actividades en las que la ciudadanía en general participaba.

Pero, ¿que es un foro y que tiene que ver con nuestra plaza principal o mayor?

Toda ciudad romana se preciaba de tener un foro donde los ciudadanos romanos se reunían a discutir las cuestiones inherentes a su condición. Alrededor del foro (y pensemos en la distribución de las manzanas que rodean nuestras plazas principales) se ubicaban los templos dedicados a los dioses y a los emperadores deificados, la Curia donde los senadores romanos se reunían y la Basílica (edificio donde se impartía justicia, pero que además tenía un uso público, sirviendo de mercado, casa para realizar transacciones o un simplemente un lugar para tratar asuntos comunes).

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Atardecer en el Foro Romano

Nuevamente, la plaza y el foro son el elemento central, jerárquicamente hablando de la urbanización latina. Alrededor de nuestras plazas principales se encuentran los edificios más importantes, además de las principales instituciones públicas (Casa de Gobierno, Palacio de Tribunales, etc.) al igual que las Catedrales o Iglesias Mayores. La plaza se convierte en un elemento articulador entre todos estos edificios, como así también, el punto de encuentro y reunión de ciudadanos. La centralidad de la plaza – al igual que el antiguo foro – permite una apropiación de este espacio público, un lugar donde las paradas para descansar, los encuentros con amigos, las protestas y manifestaciones son cosas de todos los días.

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Cenital de Plaza 25 de Mayo – La Rioja. Fotografía de Matias Ludueña

Pensemos un segundo en concebir a nuestra ciudad sin la plaza principal ¿Sería difícil, no? Lo mismo pensaría un romano de su foro.

Continuará…

RIOJANOS, UNA HISTORIA DE ROMANOS (PRIMERA PARTE)

“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”.

Se preguntarán: ¿Qué tiene que ver esta frase con el título de esta primera entrada con la que inauguro este blog? Pero más aún, ¿Por qué una historia de romanos para explicar nuestra vida como riojanos?

El estudio de la historia ofrece la magnífica posibilidad de interpretar, mejorar y profundizar nuestros conocimientos, para que así, las nuevas generaciones puedan reescribir – o reinterpretar- los procesos sucedidos en épocas pasadas y como estos nos siguen atravesando a pesar del paso del tiempo.

Volviendo a nuestras preguntas, e intentando esbozar una respuesta,  les propongo que por un momento observemos con mucha atención el mundo que nos rodea, pensemos en el origen de las instituciones que hoy nos regulan, pero quizás más simple aún, pensemos en nuestras formas de vida: nuestro lenguaje, nuestras casas, nuestras ciudades.

Una vez realizado este ejercicio, estaremos en condiciones de afirmar que quizás somos más deudores de Roma de lo que nos imaginamos.

Es que no podemos abordar nuestra concepción moderna de ciudadanos sin hacer una referencia directa a Roma.

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Foro Romano

¿Será para tanto?

Ok, veamos:

Desde el siglo VII a.C.,  y fundamentalmente durante los tres primeros siglos de la era cristiana, Roma fue una potencia conquistadora que dominó gran parte del mundo antiguo. Cuando Roma conquistaba un nuevo territorio, romanizaba, es decir, convertía a los pueblos conquistados en “romanos”, o al menos transfería determinadas prácticas que terminaban mezclándose con las existentes, provocando una nueva identidad, una identidad “más romana”.

Seguramente sabrán que nuestra lengua, el castellano, integra el grupo de las llamadas “lenguas romance” y que estas son lenguas derivadas del latín. Ahora profundicemos en esta cuestión.

Como dijimos, las lenguas derivadas del latín se conocen como romances, además de lenguas románicas o neolatinas. Bajo esta denominación,  podemos encontrar un grupo de lenguas muy distintas, en el cual tenemos lenguas actuales, como el italiano, francés o castellano,  y otras que ya no se emplean, como el dálmata.

Las lenguas romances comenzaron a formarse a partir del latín vulgar,  variedad de latín que se diferenciaba en muchos aspectos del latín recto de la literatura y el usado por las altas esferas sociales romanas. Es por esto que el léxico que entró en primer lugar fue el básico, muy limitado para la expresión de la literatura o de la ciencia, con pocos adjetivos y sustantivos abstractos.

Posteriormente, según se creaban necesidades de expresar conceptos nuevos y complicados, se iban incorporando nuevas palabras procedentes del latín, que ya no sufrían la lenta transformación de siglos que habían experimentado las primeras palabras derivadas del latín vulgar. Este flujo de entrada no se ha interrumpido; aún entran palabras constantemente procedentes del latín.

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Fragmento de los Cartularios de Valpuesta, manuscritos del siglo XII donde se observa la transición entre el latín vulgar y el romance hispánico.

Muy bien hasta ahora, pero, ¿Cómo llegamos del latín de los romanos a nuestro castellano riojanizado?

Bien, nos remontemos al siglo V d.C.  Roma está viviendo tiempos convulsionados. La misma expansión territorial de la cual estaban muy orgullosos era la misma que los estaba destruyendo. Las fronteras imperiales estaban constantemente asediadas por pueblos que querían ingresar al territorio Romano. Para defenderlas, era necesario contratar una gran cantidad de soldados para controlar esta situación, esto significaba que el estado romano debía gastar muchísimo dinero. Estas presiones (explicadas superficialmente, no es el motivo de esta entrada introducirse en la caída del Imperio Romano) junto a otros factores, llevaron a que en el año 476 d.C. la porción occidental del imperio (donde la ciudad de Roma está ubicada) cayera en manos de estos pueblos  denominados “bárbaros”.

La rica provincia romana de Hispania (actualmente España) no es ajena a esta situación y sus territorios son invadidos por un pueblo conocido como Visigodo.

Cuando los visigodos llegan a Hispania, se encuentran con una ciudad completamente romanizada.

Durante todo el tiempo de dominación visigoda, el lenguaje propio de este pueblo se fue “mezclando” con el latín que allí se hablaba.

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Coronas visigodas – Museo Arqueológico Nacional – Madrid.

En el año 711, los territorios de la España visigoda son invadidos por los musulmanes, quienes entran por el estrecho de Gibraltar y rápidamente se hacen con toda la península, salvo algunos lugares del norte donde los visigodos se refugian, y desde donde, justamente, comenzará el periodo que se conoce en la historia como “la Reconquista Cristiana”.

Desde esta fecha hasta 1492, cuando los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla (si, los reyes católicos) derrotan al último rey musulmán en territorio español, el idioma transitará por un largo y rico camino de influencias (En territorio español convivirán cristianos, judíos y musulmanes). El nuestro, el castellano, surgirá en uno de los reinos cristianos más poderosos del medioevo, Castilla.

Nueve meses después de la toma del reino nazarí de Granada por los reyes católicos, casi como un hijo, América aparecía y tomaba un papel fundamental en la vida del viejo continente.

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“La Rendición de Granada” (1882) de Francisco Pradilla y Ortiz (Palacio del Senado – Madrid). Boabdil, ultimo soberano de la dinastía Nazarí, entrega las llaves de la ciudad a los reyes Fernando e Isabel.

Colón desembarcó y con él lo hicieron las armas, las enfermedades, los deseos de conseguir fortuna, pero también los hicieron el cristianismo y el castellano.

Desde 1492 hasta 1591, momento en donde Juan Ramírez de Velazco funda la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, el castellano, que ya carga con todas sus influencias y mixturas, comenzará un nuevo proceso de hibridación cuyo resultado, con el paso del tiempo, será el español de nuestros días.

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“Fundación de La Rioja” (1952) Juan Denysenko. Mural realizado en el presbiterio de la Catedral de La Rioja.

Fantástico, nuestra lengua deriva del latín, pero ¿es suficiente como para pensar que podemos establecer  un vínculo tan estrecho con los romanos?

Tranquilos…esto continúa…